El poema "Arcilla y mármol" es el primero de mi libro Amor y muerte: poemas del silencio, en el que se presenta "una visión poco conocida del amor, la muerte y el silencio. El amor bordea los ámbitos de la "oscuridad" lorquiana; por eso, en vez de ser un oasis de tranquilidad, es una vorágine de desazón, amargura y deseos inconfesos. La muerte, por su parte, es un ser ambiguo: como mujer, es huidiza y veleidosa. Juguetea con su amado, segura de que, tarde o temprano, lo tendrá en sus dominios. Como hombre, es moreno, de brazos fuerte y mirada tierna, a quien el poeta busca y llama, con la esperanza de reposar en sus regazos. (...) el tema del silencio es fiel corolario de los dos anteriores: solo el silencio puede abrigar a quienes han amado o deseado la muerte de la manera planteada por el poeta, y solo resta el silencio para quienes no creen en una vida posterior a la muerte, como lo pregona el texto."
jueves, 7 de junio de 2018
jueves, 31 de octubre de 2013
Segunda palabra
Mujer,
tu hijo es de cera
y se derritió con el primer beso.
Mujer,
tu hijo no sabe amar,
y llora.
Ahí lo tienes:
no deshoja
dalias ni lilas
en el perfumado ocaso.
Tu hermoso hijo
solo sabe fingir.
Ahí lo tienes:
acobardado por el abrazo,
embrutecido por las caricias…
Llévate a tu hijo
y enséñale que los besos
siempre saben a lágrimas.
Que la noche,
nunca acaba.
Que no ame,
que no aprenda a amar...
terminará crucificado.
él ha sido mi luz.
Pero no sabe amar
y ya, a las puertas de lo infinito,
su beso llega tardío y miserable
sobre mis llagado cuerpo.
Ahí lo tienes.
Déjatelo.
Jamás me arrullará la noche
en sus dolientes brazos.
viernes, 28 de junio de 2013
Ocurrencias
1.
Más de un suicida lo es, porque nunca creyó
que moriría.
2.
Casualidad es ausencia de previsión.
3.
La historia de América habría sido menos
dolorosa, si no hubieran intervenido en ella tantos curas, economistas y
abogados.
4.
El juicio de la historia es siempre piadoso.
La perspectiva del tiempo, desgraciadamente, disimula todo error y perdona
cualquier delito.
5.
La Biblia y El Corán son los libros que más mitos le
han impuesto a gran parte de la humanidad.
6.
Cada vez que veo a alguien de gran belleza,
pienso en su vejez, y me congratulo de su humanidad.
7.
La opinión pública no es más que la voz de
cuatro poderosos con muchos medios para hacer oír su voz.
8.
Los llamados «observadores», pueden ostentar
cualquier virtud menos la objetividad.
9.
No conozco personas más pesimistas que los ecologistas.
10.
Las feministas tienen éxito gracias a los hombres.
11.
Cuando alguien habla del «imperio de la ley»,
es porque ésta le dio o le va a dar la razón.
12.
El matrimonio es un invento de los poderosos
para defender sus intereses.
13.
Si la gran mayoría de los que andan
predicando La Biblia pusieran en
práctica sus enseñanzas, no harían falta biblias.
14.
En todo escéptico, hay un fanático.
15.
El genio se reconoce porque no sabe que lo
es; pero actúa como lo que es.
16.
Quizá la enseñanza más cruel de la vida es
percatarse, ya muy tardíamente, de que el amor es una ilusión.
17.
El Dios que nos hizo a su imagen y semejanza,
nunca se miró a un espejo.
jueves, 20 de junio de 2013
La gran guerra
Como
su entrada a la creación fue tardía, la Muerte
quiso saber sobre la guerra de que tanto hablaban los ángeles, y así se lo hizo saber a Dios.
-Yo
medio había oído algo sobre una sublevación. No le di importancia. Uno de los
defectos de la eternidad es que, para pasar el rato, los ángeles inventan
cuentos y fábulas con el afán de distraerme. Por eso, insisto, creí que era una
de esas cándidas invenciones.
Pero
recibí una nota de Odín Aesir, en la que me convocaba a un concilio
improrrogable en el llano de Idavoll, en Asgard, su amurallada ciudad, pues
presentía que se acercaba Ragnarök, la batalla final contra Loki, y para la que
requería de nuestra ayuda.
El
concilio estaría constituido por todos los dioses del bien.
La
primera en llegar fue Nut, madre de Osiris, seguida de Ishtar.
Cuentan
los que las vieron, de su entrada arrogante y majestuosa.
El
pueblo celta envió a Teutates, su dios bienhechor.
Svárog
se presentó, en medio del griterío de los cosacos, y acompañado por su vecino
Ukko.
Zeus
llegó, del brazo de su erómeno Ganímedes, sin otra pompa que el amor que
los sublimaba.
Yo
fui conducido, junto con mis lugartenientes Lucifer y Miguel, en un carro de fuego,
entre Tronos y Dominaciones, tirado por cuatro caballos: uno rojo, otro negro,
otro blanco y el cuarto tordo, como los que describirá Zacarías en su octava visión.
Alá
y las huríes se trasladaron en camellos,
con la incomprensible serenidad y el ondulante paso de las palmeras y del
desierto.
India,
China y Japón se confederaron, y mandaron a Visnú, Indra y Kamikaze, El Viento Divino.
África
meridional se negó a asistir, aduciendo que sus dioses no estaban en peligro.
Sin embargo, Ogún hizo acto de presencia, pues en las entrañas del murciélago
había intuido malos presagios.
Faltaban
los dioses que siempre inclinaban la balanza: los de Vinlandia que, a
propósito, se retrasaban para causar una fuerte impresión cuando entraban con
sus guerreros, lacayos y trompetas.
Al
llegar, se lucieron. Su delegación impactó: Inti, Sibú, Coatlicue, conocida
como La de la falda de culebras, Ometecutli y Omecihuatl. Además, como
escoltas: Viracocha Pacayacaciq, Quetzalcoatl, Tlaloc y Tezcatlipoca, llamado también
El Espejo Humeante.
Ese
día, Asgard ostentaba la belleza reservada solo para las víctimas destinadas al
sacrificio.
Asgard
caerá, será destruida; y ninguno de nosotros podrá salvarla; aunque estábamos
ahí, según yo, para lograrlo.
-¿Cuál
fue, exactamente, la causa de la guerra?
-Me
es doloroso, muy doloroso, recordarla. Pero usted tiene el derecho de conocer
toda la verdad; pues es un producto indirecto de ella.
Como
le dije, yo creía que era para salvar a Asgard; pero no. Parece que en tanto
esplendor y paz como en los que vivíamos los dioses, no nos habíamos percatado
de que un grupo de revoltosos, seducidos por Belial, quería eliminarnos para
ponerse ellos en nuestros tronos. Muy subrepticiamente, se habían estado
comunicando y haciendo un conteo pormenorizado de sus fortalezas y de nuestras
debilidades.
Del
análisis, concluyeron que la acción les resultaría más fácil de lo pensado, ya
que todos los dioses estábamos acostumbrados a vivir sin ejércitos, ni armas,
ni defensas de ningún tipo.
Supe
entonces, con agónico dolor, que el mal se estaba extendiendo peligrosamente, y
que había que planear la estrategia para
derrotarlo.
-¿Pero
por qué querían destronarlos?
-Por
pura maldad.
-¿Solo
por eso?
-Bueno,
se ha dicho que su objetivo era lograr un trato más justo; menos dioses, y más
acción en pro de las clases celestiales necesitadas que, aparentemente, eran
muchas. Pero de eso no hay pruebas. Es un simple decir. Dígame: ¿ha visto usted
a algún ángel que tenga necesidades?
La
cuestión es que Odín, que siempre ha sido el más avispado de todos los dioses,
tal vez por influencia de sus Valquirias, supo del movimiento. Efectuó algunas
averiguaciones y, preocupado por el sesgo que tomaban los hechos, nos convocó a
reunión.
Yo
no creía que fuera tan grave. Pero Miguel me convenció, pues algo había oído
por ahí. Entonces, decidí asistir. Cuando Miguel se enteró de que Luzbel iría
conmigo, se obstinó en ir él también, haciéndose acompañar de otros ángeles.
Así que, aunque me veía ridículo escoltado por ellos dos, accedí a que fueran.
Yo
siempre pensé que el cosmos lo habíamos hecho con amor y con justicia; que en
él no existiría nunca el mal, y que pasaríamos la eternidad en una dulce contemplación
mutua.
-¿No
es la eternidad una aberración?
-Usted
no anda muy perdida en sus observaciones.
-¿Y?
-Bueno,
ya reunidos, Odín nos dio datos muy precisos del movimiento, y pidió la
formación de un comité central de guerreros. Fueron propuestos Thor, Marte,
Luzbel y Tezcatlipoca, quienes tendrían a su cargo la elaboración de un plan en
tres plazos, con todo lo requerido para triunfar. Yo me sentí orgulloso al ver
a Luzbel, con su gallardía y entereza,
asumir el reto que se le presentaba.
No
pensaba igual Miguel, claro.
Tampoco
Odín, según me enteré en la cena. Odín sabía que el caudillo de los rebelados
era, precisamente, Luzbel, íntimo amigo de Belial, y así me lo hizo saber. Sus
pruebas eran incontrovertibles. No había duda. Mi general me traicionaba, y
Miguel lo sabía. De ahí su insistencia en acompañarme.
Mediante
un magnífico trabajo de espionaje, las Valquirias habían logrado determinar,
rápidamente, quiénes nos eran fieles y quiénes, no.
Por
consejo de Miguel, de Thor y de Tezcatlipoca, no le comuniqué nada a Luzbel,
sino que le permití continuar con sus preparativos bélicos. Llegado el momento,
sería despojado de su rango y puesto en evidencia.
Desenmascararlo,
públicamente, constituiría para mí uno de los dolores más intensos que como
Creador he sentido. Desenmascararlo a
él, al creado con amor, al bienamado.
Pero
tendría que hacerlo. Era mi obligación. Los demás dioses confiaban en mí, y no
podía traicionarlos.
Decidimos
terminar el concilio y esperar el ataque, cada uno en su reino.
La
primera sublevación ocurrió en mis dominios.
En
Meguidó, la Gran Llanura, se formaron los ejércitos; Luzbel a la vanguardia de
ellos; Miguel a mi derecha; yo, en mi trono circular, de capacidad infinita.
Cuando
Luzbel diera la orden de marchar al combate, sus soldados me rodearían y se
apoderarían del cielo rápidamente. Lo que Luzbel nunca sospechó, fue que
nosotros conocíamos de su plan de ataque y de su traición.
Al
lanzar el grito de guerra, detuve el movimiento del sol, para que fuera testigo
de la felonía; invoqué a las estrellas, a los vientos y a las aguas; llamé a
los Serafines, Querubines y Arcángeles, y con mi rayo dividí el ejército: a un
lado, mis ángeles fieles. Al otro, Luzbel y los suyos.
Nunca
fue más oscuro el día ni más terrible la
espera.
Lo
demás ya se sabe. Venció Miguel. Para mi total amargura, Miguel fue el vencedor
y, con su victoria, llegó la derrota a mi corazón.
Dios
calló. La Muerte, prudente como siempre, se refugió en sus dominios, mientras
el horizonte se enlutaba, y la noche acogía en su seno las congojas de un dios
melancólico.
miércoles, 12 de junio de 2013
Por qué el sol se detuvo
Josué 10, 13
-Tal vez por esto que contaré, se me tilde de fantasioso,
o de falaz se me acuse. Yo lo vi. Lo viví. Y puedo dar fe:
Un día, el sol se detuvo en mitad de su carrera.-¿Cómo?
–se preguntarán ustedes. Y no solo ustedes. Esa pregunta se la han hecho todos
los que me han oído hablar de este fenómeno. Soy el único sobreviviente de tal
espectáculo; por eso, mi testimonio es valioso y, ante todo, fidedigno.
Fue en la época en que aún no había escritura y Josué
acababa de destruir las murallas de Jericó que, según puedo atestiguar, nunca
existieron: ni las murallas ni la ciudad. Ah, ¿ustedes no sabían eso? ¿Que qué,
entonces, fue lo que destruyó Josué? Otras ciudades, pero no a Jericó, que, en
esa época aún no había sido fundada. ¿Que quién propaló esa mentira? No sé. No
tengo idea. Supongo que los que redactaron los libros sagrados. ¿Con qué
objetivo? ¿Qué voy yo a saber eso? La gente, por defender una idea o una
creencia se vuelve muy pero muy mañosa, y es capaz de lo impensable. Pues, bien,
en lo que estaba: resulta que ese día iba a librarse una gran batalla. Sí, la
misma. La misma y eterna lucha del bien contra el mal. Ambos eran ejércitos
poderosísimos, con armas que la humanidad nunca soñará en tener. Armas
mentales. Basta un deseo y actúan. ¿Me entienden? Por ejemplo, yo quiero
deshacerme de este señor. Simplemente, lo pienso y lo hago desaparecer. Si lo
que deseo es herirlo, me imagino el arma, la acciono y ¡ta! El hombre, herido.
¿Me explico? Al fin. Bueno, pues resulta que los buenos –cuyas armas no eran
nada malas- y los malos –de armamento no muy bueno- pactaron una tregua. ¿A
petición de quién? No, no, no. De los buenos que, como buenos buenos, eran bien
tontos. A ver, díganme ustedes: si tenían tan buen armamento y estaban en posición
de usarlo, ¿para qué treguas; para qué pactos; para qué alianzas? ¿Ah? Pero, su
general, por lucirse, la solicitó. Eso era lo que estaban deseando los malos.
Si rezaran, habría que preguntarles de qué santo se valieron; porque aquello
fue un auténtico milagro.
¿Dónde estábamos? ¿El viaje intergaláctico? ¿Cuál viaje?
¿Ofrecí uno? Uy, qué memoria. Claro, se lo daré. Me lo recuerda después de esta
reunión. No, no se me va a olvidar. Ajá, bueno, ¿qué les decía? Pues yo vengo
desde el pasado; desde la época en que no existía la escritura. Mi nombre no
importa, y estoy castigado –en el sentido etimológico más estricto- obligado a
vivir casto, que eso quiere decir castigado. ¿Han oído hablar del Judío
Errante? No, yo no lo soy; pero si existiera, me le parecería. Vengo desde el
pasado. Mi nombre no importa. ¿Por qué el castigo? Porque en la famosa pelea
del bien contra el mal, precisamente en la tregua solicitada, hubo una
cláusula: “habría tregua, mientras hubiera sol”. Y yo la incumplí o, mejor
dicho, por mi culpa fue incumplida. Miguel, el general de los buenos, el que
pactó, levantó sus manos al cielo y el sol se detuvo. ¿O fue Josué? Bueno, uno
de los dos lo hizo. Mientras los brazos se mantuvieran en alto, el sol no se
movería. Yo era parte de la multitud, una especie de extra, y estaba casi a la
par de él. ¿No saben lo que son los extras? Sí, sí, usted tiene razón, señor. A
cada rato, pierdo el hilo. Si algo le gustaba a Dios en aquella época de los
orígenes, eran los ocasos. Salió a verlo esa tarde, y nada. El sol como si
fuera el mediodía. Llamó a su asistente, y no estaba. Llamó al Ángel del Buen
Consejo, y tampoco. En un rincón, solito, el angelito de la voz aflautada, el
tímido angelito de los desaciertos. Verlo Dios y sentir mareos, fue todo uno.
Y le preguntó:
-¿Sabes qué pasa con el sol?
–No, Su Divinidad.
–Anda a averiguarlo.
Para mi desgracia, el angelito dio conmigo. Qué
criaturita aquella: un cosita así, nervioso, hiperactivo, con sus alitas todas
descuidadas: un alicaído. Un ángel alicaído. Me da risa. Si no fuera tan grave
el asunto, me reiría. Y ¡pum!, da
conmigo de sopetón y mete sus alas en mi nariz. Con los aspavientos que hice,
me fui contra Miguel –o Josué- y, adivinen el resto: Miguel, el angelito y yo
en el suelo. El sol, disparado hacia la cerrada noche. El ejército del mal,
bien abastecido por la tregua, atacó sin previo aviso.
Dios, encolerizado porque no hubo tarde, ni celajes, ni
crepúsculo.
El angelito y yo fuimos castigados. Ambos castigos en
íntima relación. Él no tendrá paz hasta que un día, a la hora del crepúsculo,
coincida conmigo en algún lugar, y logremos entre ambos, un ocaso de celajes
violeta y naranja, los preferidos de Dios. Es decir, ¿cuándo?
A mí, me toca vagar del pasado al presente, del futuro al
pasado, contando siempre esta historia. ¿No me cree? No, no puedo demostrarle
nada. Pero vea mi piel, mi pelo, mi ropa: sin brillo, sin vida, casi
apergaminados. Son las huellas del tiempo. ¿Qué dice? Es que no le oigo bien.
¿Yo, un farsante? Mida sus palabras, joven. Yo no lo obligué a escucharme;
tampoco lo obligo a creerme. ¿Usted sí me cree, señor? ¿No? ¿Qué le vamos a
hacer? Vengo del pasado; de la época de Josué, cuando no había escritura y todo
lo memorizábamos. ¿Que por qué insisto en eso de que no había escritura? Para
demostrar que no consta documento escrito sobre estos hechos. Vengo de la época
en que se hizo una guerra entre el bien el mal, y la ganó el mal. Ahora usted
desea saber lo de “castigado con ser casto”, ¿verdad? Claro, usted lleva toda
la razón: se me impusieron dos penas por una misma falta. O tres: no morir,
contar la misma historia y ser casto. ¿Cuál es más difícil y dolorosa?
No poder morir. La vida en estas condiciones es una
carga, una terrible carga. Lo de “casto” me tiene sin cuidado: bueno ando yo
para amores y cópulas. Pero eso de vivir siempre, Dios mío, es terrible. Y el
mismo Dios lo sabe.
¿Les gustó la historia? ¿Esperaban algo más? ¿Cómo qué?
Sí, es cierto, más emoción, más drama, más misterios develados. Pero, ¿qué le
vamos a hacer? Eso fue lo que pasó y yo no puedo cambiarlo. Tal vez, algún día,
entre las multitudes que frecuento, aparezca el pobre angelito y, por algún
milagro, podamos entre los dos lograr un celaje de colores violetas combinados con naranjas. Entonces,
conoceremos las dulzuras de la muerte.
sábado, 8 de junio de 2013
Abel y Caín
-De esto que te voy a contar, fui testigo directa o testiga, como dirán un día las feministas.
Así comenzó la Muerte su relato sobre los dos hermanos.-Resulta que todo se debió a una mujer. Y fue un fenomenal enredo de suegras, cuñados, amantes y vecinos; pero, fundamentalmente, una mujer. Ella vivía al frente de su casa. Y ambos le llevaban regalos. Caín: verduras, frutas, legumbres. Abel: conejos, jabalíes, venados.
Un día, el padre de ella, queriendo que la situación se definiera cuanto antes, llamó a Caín y le dijo:
-Bueno, es hora de ir pensando en el matrimonio.
Caín, respetuoso y sumiso, repuso:
-Como usted ordene, señor.
Abel, por lo contrario, se sublevó:
-¿Qué es, que está aburrido de la carne que le traigo?
-No, no, Abel. Es que ya es hora de ir desposando a mi hija.
-Y claro, usted prefiere a Caín.
-A mí, me es indiferente uno u otro.
-Qué va. Yo sé que usted es vegetariano. Vea, don, yo no he pensado aún en casarme. Así que quédese con su hija y que le aproveche.
Unos vecinos oyeron la conversación, y como te lo cuento, me lo contaron.
Cuando Caín llamó a Abel para definir el mentado asuntito, éste le dijo que la muchacha no le interesaba. Que se quedara con ella.
Más feliz que nunca, Caín fue a casa de sus suegros y les dio la noticia de que él sería el yerno.
La boda se programó para el cumpleaños de Eva.
Nunca había visto a la Muerte como narradora. Era insuperable. Flexionaba la voz de acuerdo con las circunstancias. Gesticulaba. Hacía muecas. Caminaba. Se sentaba. Susurraba. Era todo un deleite escucharla.
-Pero resulta que Eva tenía como tres fechas de celebración. Una, la que Adán decía. Otra, la que ella argumentaba. Y la tercera, la que constaba en el Libro de la Vida, donde se anotan los acontecimientos importantes.
Otro problema era el del rito que se utilizaría para el matrimonio.
El suegro quería algo pomposo, según el rito judío. La suegra, el mazdeísta. Eva opinaba que debían casarse en el Paraíso, con el Ángel como testigo, y de acuerdo con los rituales vigentes. Adán estaba callado. No lo dejaban hablar. Lo mismo les pasaba a los novios.
Al final, se acordó una ceremonia sencilla, con Abel como testigo y el Ángel como padrino.
Nadie se imaginaba las torvas ideas del cazador.
La noche de bodas, en media celebración, Abel llamó a Caín...
Ninguno vio la pelea entre los dos hermanos. Debió haber sido feroz y sangrienta.
En un charco, el cadáver de Abel, con la cabeza partida de lado a lado. Cerca de él, el de Caín, con un cuchillo en medio corazón. Entre ambos, una quijada de burro y un enorme puñal de obsidiana.
Parecía que uno no podía ser el asesino del otro.
La nueva viuda le hacía segunda a Eva en los alaridos.
Adán, en un rincón, garabateaba en el suelo.
El único que no se veía triste, aunque hacía lo imposible por parecerlo, era Set, el hijo menor, a quien, por ley, le tocarían la herencia toda y la hermosa viuda que ya comenzaba a mirarlo de reojo, entre gritos y llantos.
En este pasaje, la Muerte se sonrió y me preguntó:
-¿Quién crees que fue el asesino?
-Puede ser cualquiera: Abel mata a Caín. Llega Adán o Set o el suegro y, a su vez, mata a Abel. O a la inversa: Caín mata a Abel...O a los dos los mata otro.
-¿Cuál otro? Nunca adivinarías. El asesino fue el padrino de bodas.
-¿El Ángel del Paraíso?
-Ése.
-¿Por qué?
-Por amor. El Ángel se había enamorado de la misma mujer. Y Luzbel le aconsejó deshacerse de los hermanos para disfrutarla libremente.
-Pero me imagino que la mujer lo rechazó.
-No. Al principio te dije que era “un fenomenal enredo de suegras, cuñados, amantes y vecinos”. Pues eso fue. Ella aceptó al Ángel con suma complacencia, y de ellos surgió la raza de los gigantes.
Ya ves, toda la vida juzgando al pobre Caín y, él fue, si se quiere, la primera víctima inocente de la Creación.
-¿Y Set?
-Nada se supo de él...Como que no le gustaban las mujeres y se fue con unos amigos a Sodoma, a probar suerte a esa ciudad tan propicia para sus gustos e inclinaciones.
domingo, 2 de junio de 2013
El parto
-Vea,
yo soy un hombre creyente; pero no creyencero(1). Así que juzgue usted esto que le
voy a contar.
Mi
compañera estaba embarazada. Ya casi iba a cumplir los 9 meses, y yo no me
alejaba de ella, porque le daban mareos y a veces se ponía muy mal. Pero un
día, se me acabó el alimento de los perros y tuve que bajar al pueblo.
Para
que no se quedara muy sola en la finca, solté a dos de las perras grandes y las
dejé con ella.
Hice
las vueltas rapidísimo, pero, al regresar,
se me desinfló una llanta y perdí como media hora.
Cuando
llegué a la casa, un silencio absoluto reinaba en el ambiente.
La
llamé y solo las perras salieron corriendo a recibirme. Ambas tenían el hocico
y las patas con sangre, con mucha sangre.
El
corazón no me latía: iba en una vertiginosa e incontrolable carrera.
¡Virgen
Santa!
Llamé…Solo
“el silencio me respondió”.
Me
decidí y de un solo salto entré al cuarto. Ahí estaba ella, tirada en el suelo,
las piernas entreabiertas, sangrando, sin conocimiento.
¡Dios
mío!
Y
en la cama, semicubierto por una cobija y con huellas de patas y de babas de
las perras, el bebé.
Cuando
el médico la estabilizó y revisó bien al
niño, me dijo:
-¿Cómo
hizo su esposa para mejorarse si había perdido el sentido? ¿Y cómo acató a
cortar el ombligo con los dientes?
-¿Con
los dientes?
-Sí,
vea las marcas. Son de dientes y, por lo visto, muy afilados.
(1) En su Nuevo diccionario de costarriqueñismos, Quesada escribe "creyensero".
(1) En su Nuevo diccionario de costarriqueñismos, Quesada escribe "creyensero".
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